P. Javier Ray, MC

Para toda persona que quiera profundizar en la vida espiritual, hay un medio clásico indispensable del que debe echar mano: la lectura espiritual. Camino seguro de crecimiento sólido es un buen libro que nos inflame en amor a Dios y nos aliente a servirlo y a ser constantes.

¡Ni qué decir lo que obró la lectura espiritual en San Ignacio de Loyola! Fue en los días de su recuperación después de la batalla en Pamplona que su cuñada Magdalena de Araoz le dio a leer dos libros: “Vida de Jesucristo” de Ludolfo de Sajonia y “Vida de los Santos o Flos Sanctorum” de Jacobo de Vorágine. Estas lecturas espirituales produjeron un singularísimo efecto en su alma. Más aún, fueron los instrumentos de la Providencia de su conversión.

Gracias a su perseverancia en estas lecturas, las cosas de Dios se hicieron cada vez más el centro de su vida. Mientras más leía Ignacio, más deseos tenía de servir a Dios. De tal modo que hablar de Dios a los suyos empezó a ser recurrente en sus conversaciones. Y cuando estaba solo pasaba el tiempo leyendo y haciendo oración. Más aún, empezó a hacer anotaciones de algunos extractos de sus lecturas; así se puso a escribir con tinta roja las palabras de Nuestro Señor y las de la Virgen con tinta azul. ¡Llegó a llenar trescientas páginas con estas anotaciones! Rasgos de la Vida del Divino Maestro y los ejemplos de los santos fueron llenando estas páginas, de esta forma se avivó más en él el deseo de cambiar de vida y determinarse a caminar sobre las huellas de Cristo. Estas anotaciones junto con un libro de las Horas de Nuestra Señora, serían su compañía en el viaje de renovación espiritual, en su Peregrinación a Tierra Santa.

Notemos cómo la lectura espiritual fue para él como combustible para animarse a llevar a cabo “empresas difíciles”; se decía a sí mismo: “Santo Domingo hizo esto, San Francisco aquello; yo debo hacerlo también”. Ya nada pudo detenerlo, al contrario, la lectura espiritual avivó más y más estos deseos.

La historia de conversión de este gran guerrero de Cristo muestra la trascendencia espiritual de una lectura llena de unción del Espíritu Santo. Con ella, Dios le dio la gracia de separarlo de las vanidades y locuras del mundo en el que había estado cautivo por tanto tiempo y lanzarlo generosísimamente en el mar adentro de la santidad. Sin duda, podemos afirmar que Dios se sirvió de la lectura espiritual en la transubstanciación de Ignacio, y por medio de su conversión, cambiar en parte el mundo a través de los hijos del Caballero de Loyola. Apliquémoslo a nosotros: ¿qué querrá Dios hacer de nosotros si nos proponemos con perseverancia a una lectura espiritual diaria, por ejemplo, cerca de treinta minutos?

Por otro lado, no se trata de una simple lectura. San Pedro de Alcántara trae un consejo extraordinario en torno a una cualidad necesaria en la lectura espiritual: “No ha de ser apresurada ni corrida, sino atenta y sosegada; aplicando a ella no sólo el entendimiento para entender lo que se lee sino mucho más la voluntad para gustar lo que se entiende. Y cuando se halle algún paso devoto, deténgase algo más en él para mejor sentirlo” (Tratado de la oración y meditación).

Incluso entre los libros que enseñan verdades, se deben elegir los libros más necesarios para nuestra vida espiritual. Entonces privilegiar los que son más útiles para nuestra alma en su estado actual.

También es bueno dejarse aconsejar por quienes están avanzados en la vida espiritual y puedan traernos a conocer obras clásicas que tienen mucha más sabiduría que mucha literatura. Esto es como la música. Un Kyrie de Mozart vale más la pena escuchar que tantos otras composiciones en nuestros días. Una página de San Juan Crisóstomo vale más que un tomo de varios libros recientes de espiritualidad. Los clásicos llegan a las esencias con más agudeza por lo que ayudan más al alma. Como comenta San Bernardo: “Aunque toda ciencia fundada en la verdad sea buena, dada la brevedad del tiempo, hemos de darnos a obrar nuestra salvación con temor y temblor (cf Flp 2,12), y por tanto y sobre todo, hemos de procurar aprender lo que más rectamente conduce a la salvación” (Sermón sobre Cantares).

También es muy importante la constancia pues al alma de los libros se llega con una lectura metódica. Hay que meterse en el autor, compartir su espíritu para tener esa empatía con él. Así se logran los pensamientos devotos, las máximas espirituales y la reflexión sobre los ejemplos de virtud de los santos que impactarán nuestra alma como a la de Ignacio.

Recapitulemos. Son muchos los beneficios que encontramos en la lectura espiritual: (a) inflama el alma en deseos de amor a Dios; (b) da luces en la vida interior; (c) propone ejemplos de virtud y ayuda a ver las manchas del alma; (d) dispone mejor al alma para rechazar las tentaciones; (e) es de gran ayuda para la oración: (f) es un medio de formación doctrinal.

Hagamos ese sacrificio. Desconectémonos. ¡Sumerjámonos en una buena lectura espiritual!