P. Javier Ray, MC

Buscando la palabra “mañana” en un programa de Biblia encontraríamos que aparece 227 veces; si incluyésemos la palabra “temprano” o “levantarse temprano” u otras expresiones parecidas tendríamos mayor evidencia para concluir cómo la Palabra de Dios privilegia el tiempo del alba, como un tiempo especialmente sacro, por lo que deberíamos aprovecharlo más de lo que hacemos.

Y ello nos movió a escribir esta reflexión, curiosa en su temática, provechosa en su práctica.

Desde varios puntos de vista es recomendable ser testigos del nacimiento de un nuevo día. En primer lugar, ya incluso desde el punto de vista humano, psicológico, me atrevo a afirmar que es altamente positivo. En cada alba la vida nace; la creación rejuvenece. Ser parte de este evento da vida, rejuvenece nuestro ser. Levantarse temprano es ya como una “profesión de fe”: es una actitud positiva frente a la vida. Mientras que la mentalidad depresiva –poco amante de la vida nos encierra en nuestras sábanas lo más posible…–, una mente positiva que participa de una visión optimista sobre el hombre y su creación valora este tiempo como don que se ofrece únicamente al que madruga. Sí es cierto el dicho: al que madruga Dios lo ayuda. ¡!

En segundo lugar, permite vencer en ese recio combate contra uno de los vicios más nocivos para el alma y para el cuerpo, tan arraigado en nuestra cultura hedonista del siglo XXI: la pereza. A éste se le aplicaría el elogio apocalíptico: “se le dio una corona y salió como vencedor” (Ap 6,2). ¡Qué victoria sobre la pereza! Por otro lado, levantarse temprano obliga implícitamente a acostarse más temprano, alejándonos de un tiempo peligroso: la noche en la Biblia es símbolo de pecado y tentación. De hecho, si se inventase un instrumento que pudiese medir los pecados cometidos en las diversas horas del día, y lleváramos estos resultados a una tabla en Excel concluiríamos que la curva del pecado aumenta considerablemente en las horas de la noche. “Judas, después de tomar el pan, salió inmediatamente” y agrega sugestivamente San Juan: “Era de noche” (Jn 13,30).

En tercer lugar, levantarse temprano implica para nuestra jornada exprimir mejor sus ricos beneficios. El mismo Aristóteles aconsejaba: “Es bueno levantarse antes del amanecer, porque tales hábitos contribuyen a la salud, riqueza y sabiduría”. Agreguemos que esto nos hace mejores administradores de los talentos que Dios nos ha dado a multiplicar durante toda nuestra vida. “Que cada uno ponga al servicio de los demás el don que ha recibido, como buenos administradores de la múltiple y variada gracia de Dios” (1P 4,10). Pensar que Dios ya fijó cuándo termina este “partido” de nuestra vida: en cada minuto se va acortando el tiempo disponible para “meter goles”. Por lo que hay que aprovecharlo. Por otro lado, vivimos quejándonos que no tenemos tiempo, pero pregunto: ¿no hemos considerado jamás luchar contra esa “falta de tiempo” adelantando nuestra levantada a fin de distribuir el tiempo disponible para cada día?

Levantarse temprano –en cuarto lugar– implica agendar como abierto un horario en donde todo está mucho más calmo, mucho más propicio para tareas que particularmente dignifican nuestra naturaleza humana, como ante todo la tarea mayor del hombre que es la de orar, la de unirse en su alma y con su corazón al Creador, Redentor y Santificador. ¿Qué mejor momento como para hacer calmos nuestra meditación? ¿Qué mejor momento para nuestra lectura espiritual y bíblica, para la adoración al Santísimo? “Por la mañana os saciaréis de pan” (Ex 16,12). Más aún si evitamos el mal hábito de revisar el celular a esas horas (¿debo contestar mensajes a esa hora?) y si mantenemos atentos nuestros pensamientos hacia nuestro interior encontraremos en el silencio del alba un ambiente muy propicio para una oración más recogida, más provechosa, más profunda, más apasionante con el Señor.

Encontramos también una quinta razón. La práctica de levantarse temprano –más allá de su implícita recomendación en el Antiguo Testamento, empezando por Abraham (Gn 19,27) y Moisés (Ex 24,4), y continuando con los Salmos (46,6)–, ha sido también la propia de nuestro mismo Salvador, quien es nuestro Modelo sublime a imitar. Los evangelistas atestiguan cómo Jesús “se levantó de madrugada, cuando todavía estaba muy oscuro, se marchó a un lugar solitario y allí se puso a orar” (Mc 1,35), ¡incluso a veces permanecía toda la noche en oración! (Lc 6,12).

El ejemplo de nuestro Divino Maestro fue seguido puntualmente por la primitiva tradición monástica. En sus levantadas los monjes levantaban también sus cuerdas vocales a Dios. Muy tempranito se juntaban en Coro para

la oración litúrgica, como enseña el monje y Doctor de la Iglesia San Basilio Magno, agregando dos razones: “Al comenzar el día oramos para que los primeros impulsos de la mente y del corazón sean para Dios, y para que no nos preocupemos de cosa alguna, antes de habernos llenado de gozo con el pensamiento en Dios, según el Salmo: ‘Me acordé del Señor y me llené de gozo’ (Sal 76,4), ni empleemos nuestro cuerpo en el trabajo, antes de poner por obra lo que fue dicho: ‘por la mañana escucharás mi voz, por la mañana me presento a Ti y me quedo esperando’ (Sal 5,4-5)”.

También los monjes señalan otra razón que justifica aún más esta práctica: ¡Jesucristo resucitó a esa hora! Qué regalo el poder estar despiertos para rememorar la Vida gloriosa de “La Luz verdadera que ilumina a todo hombre” (Jn 1,9), de “el sol de justicia” (Mt 4,2), “que nace de lo alto” (Lc 1,78). Así se comprende bien la advertencia de San Cipriano: “Se hará oración a la mañana para celebrar la Resurrección del Señor con la oración matutina”.

Finalmente las prácticas de las órdenes religiosas medievales posteriores y la vida llevada por los santos de todos los tiempos –Cura de Ars, Padre Pío– certifican plenamente la utilidad de esta recomendación. De Santo Domingo de Guzmán se decía que “de día, con sus hermanos y compañeros, nadie más comunicativo y alegre que Domingo. De noche, nadie más constante que él en vigilias y oraciones de todo género. Raramente hablaba, a no ser con Dios en la oración, o de Dios, y esto mismo aconsejaba a sus hermanos”.

En síntesis, creemos que con estas diversas razones –humanas, teológicas y espirituales– queda patente nuestra invitación a aprovechar ese precioso tiempo que Dios nos regala al alba: “[Señor], sácianos desde temprano con tu misericordia” (Sal 90,14).