P. Leonardo González, MC

Santa Teresa de Jesús, una de las más grandes místicas de todos los tiempos, era una mujer con mucho carácter. Ella conjugaba perfectamente la vida mística con un sentido común impresionante, con un realismo muy grande. Como doctora de la Iglesia, tenía mucha claridad en cuestiones de vida espiritual y era muy cuidadosa con el pecado de credulidad (llamado así por Santo Tomás), de aceptar cualquier cosa como dada por Dios. Santa Teresa decía que hay que tener mucho cuidado con atribuir a Dios fenómenos extraordinarios, aunque lo que me digan sea muy hermoso. En síntesis, ella era una persona muy cuerda y con mucho sentido común y, no obstante, en sus libros hablará de haber recibido muchas visiones de nuestro Señor.Por la persona que lo dice, Santa Teresa, son de confiar sus palabras. Así, en su libro, “Cuentas de conciencia” nos narra de una visión que tuvo de Jesús el lunes de Pascua –21 de abril de 1571–, cuando estaba atravesando una situación mística de traspasamiento de pena que le dejaba el cuerpo quebrantado y con dolor. Ese día, después de comulgar Santa Teresa, Jesús se sentó a su lado y le refirió que, tras resucitar, fue a ver a su Madre, porque estaba en gran necesidad, tan traspasada de pena, la pobrecita, que ni siquiera volvía en sí para tornar de aquel gozo, y que Él tuvo que estar mucho rato con Ella, porque así fue necesario para consolarla. Santa Teresa lo dice del siguiente modo:

“Díjome que en resucitando había visto a Nuestra Señora, porque estaba ya con gran necesidad, que la pena la tenía tan absorta y traspasada, que aún no tornaba luego en sí para gozar de aquel gozo (por aquí entendía esotro mi traspasamiento, bien diferente; mas ¡cuál devía ser el de la Virgen!) y que havía estado mucho con ella, porque havía sido menester, hasta consolarla” (Cuentas de conciencia, 13ª. Salamanca, abril 1571).

Con gusto vemos aquí cómo la Mater Dolorosa se convierte en Mater Gloriosa. Sacamos dos importantes conclusiones:

(a) Qué cierto es cuando creemos que verdaderamente María tuvo grandísimos dolores durante su vida;

(b) Así como Cristo hizo con su Madre “el officio de consolar” (San Ignacio Ejercicios [224]), nosotros también durante el tiempo de Pascua debemos cumplir ese “officio de consolar” a nuestra Madre. Es decir, durante todo este tiempo de Pascua, tenemos que consolar, animar, alegrar a la Mater Dolorosa.

De hecho, en la antífona que reemplaza al Ángelus durante el Tiempo Pascual, que se llama “Regina Cæli” el tema que está en el fondo de esa antífona es anunciarle a María que su Hijo resucitó y llevarle alegría por dicha sublime noticia.

Y así como consolamos a la Virgen en este Tiempo también debe consolar al mundo de las almas. A todas hay que transmitirles la alegría de la fe, de la Resurrección. Será, por otro lado, un atractivo método de evangelización: transmitir la verdadera alegría que es la alegría que fluye del cuerpo de Cristo resucitado.

Lo que Santa Teresa refiere en esta visión concuerda con la fe de la Iglesia. Tengamos en cuenta que lo que creemos nosotros católicos no se limita a la Biblia, sino que incluye lo que la

Tradición de la Iglesia (no “tradición”, que sería más como costumbres) ha transmitido a lo largo de los siglos. La Iglesia cree que Jesús se apareció primero a su Madre. Que, estrictamente hablando, María Magdalena no fue la primera en ver a Jesús sino su Madre.

El arte ha dejado plasmado esto en los inmortales versos del poeta católico Sedulio, quién en el siglo V, sostenía que Cristo se manifestó en el esplendor de la vida resucitada, ante todo, a su Madre. En efecto, dice el poeta, Ella, que en la Anunciación fue el camino de su ingreso en el mundo, estaba llamada a difundir la maravillosa noticia de la Resurrección, para anunciar su gloriosa venida. Así inundada por la gloria del Resucitado, Ella anticipa el “resplandor” de la Iglesia (cfr. Sedulio, Carmen pascale, 5, 357-364. CSEL 10, 140s.).

Haciéndose eco de esta Tradición, San Ignacio, inicia su Cuarta Semana de los Ejercicios Espirituales –dedicada a la Resurrección de Cristo– mencionando explícitamente la aparición a su Madre, dando una curiosa fundamentación bíblica (Mc 7,18):

“[299] De la Resurrección de Christo Nuestro Señor, de la primera aparición suya. Primero: apareció a la Virgen María, lo qual, aunque no se diga en la Escriptura, se tiene por dicho, en decir que aparesció a tantos otros; porque la Escriptura supone que tenemos entendimiento, como está escripto: “¿También vosotros estáys sin entendimiento?”.

Finalmente, esta aparición es postulada por un motivo teológico: la singular asociación de María Santísima a los misterios de su Hijo. La asociación única y especialísima de María a los misterios de la Encarnación, del Nacimiento y sobre todo de la Pasión y Muerte (“Junto a la cruz de Jesús, estaba María su madre” Jn 19,25), exige que también en este misterio central de la Resurrección, Ella ocupe un lugar privilegiado. La más cercana en la Encarnación, la más cercana en el Nacimiento, la más cercana en su Muerte, ¿no iba a ser la más cercana en su Resurrección?

Quedémonos con la alegría de la Mater gloriosa en palabras de fray Luis de Granada: “No sale tan hermoso el lucero de la mañana, como resplandeció en los ojos de la Madre aquella cara llena de gracias y aquel espejo sin mancilla de la gloria divina. Ve el cuerpo del Hijo resucitado y glorioso, despedidas ya todas las fealdades pasadas, vuelta la gracia de aquellos ojos divinos y resucitada y acrecentada su primera hermosura. Las aberturas de las llagas, que eran para la Madre como cuchillos de dolor, verlas hechas fuentes de amor; al que vio penar entre ladrones, verle acompañado de ángeles y santos; al que la encomendaba desde la cruz al discípulo ve cómo ahora extiende sus amorosos brazos y le da dulce paz en el rostro; al que tuvo muerto en sus brazos, verle ahora resucitado ante sus ojos. Tiénele, no le deja, abrázale y pídele que no se le vaya, entonces, enmudecida de dolor, no sabía qué decir, ahora enmudecida de alegría, no puede hablar” (Libro de la oración y meditación, 26, 4, 16).

Finalmente, esta doctrina fue afirmada nada menos que por San Juan Pablo II: “Los evangelios no nos hablan de una aparición de Jesús resucitado a María. De todos modos, como Ella estuvo de manera especialmente cercana a la cruz del Hijo, hubo de tener también una experiencia privilegiada de su Resurrección” (Discurso en el Santuario de Nuestra Señora de la Alborada, Guayaquil, 31 de enero de 1985)